La invasión musulmana

Cuando el ejército musulmán comandado por Tariq cruzó el estrecho de Gibraltar en el año 711, encontró el reino visigodo de Toledo sumido en revueltas internas. Por este motivo, en tan sólo tres años llegó hasta Huesca, desde donde inició la conquista de Cataluña y Francia en tres frentes. Dejando atrás los Pirineos, el ejército árabe irrumpe en Aquitania, donde es derrotado en Poitiers (732) por el futuro rey franco Carlos Martel, abuelo del emperador Carlomagno. La expansión musulmana llega a su fin.

La conquista carolingia

La reacción de los francos ante la expansión musulmana no se hace esperar. Ignorando las fronteras primitivas del reino visigodo de Toledo, penetran en la península Ibérica en sucesivas oleadas. El primer rey franco que consigue afianzar una frontera estable es Pipino el Breve, que fija los Pirineos como barrera natural ante el avance árabe. Su hijo, Carlomagno, pretende llegar hasta Zaragoza y que el río Ebro se convierta en frontera (778). La derrota de Roncesvalles lo impide y la reacción árabe no tarda en llegar: Abd al-Malik lanza un ataque con el que asedia Gerona y arrasa Narbona. Una vez muerto Carlomagno, su hijo, Luis el Piadoso, prosigue el avance carolingio. Conquista Gerona (785) y Barcelona (801), desde donde intenta someter Zaragoza y Tortosa, pero es derrotado. La frontera carolingia con el Islam queda definida. Nace la Marca Hispánica.

La Marca Hispánica

La multiplicidad de fronteras del Imperio carolingio impide a los emperadores ocuparse personalmente de la defensa de todas las marcas (territorios fronterizos). A fin de garantizar la defensa de la marca, los emperadores dividen los territorios en fracciones más pequeñas, administradas por un conde que en un principio es un funcionario imperial nombrado por los emperadores. Así, al inicio del siglo IX, las unidades administrativas –condados– de la Marca Hispánica son seis: Pallars-Ribagorza, Ampurias-Peralada, Gerona-Besalú, Urgel-Cerdaña, Rosellón-Vallespir y Barcelona.

Los ataques árabes prosiguen y, aunque los condados son tratados con paridad, pronto se advierte que el de Barcelona es el más necesitado de hombres y recursos económicos, ya que es el que mantiene la frontera, y por lo tanto es favorecido por parte de la administración de otros condados y terrenos, aparte de que el resto de condados tienen la obligación (vasallaje) de acudir a ayudarlo.

Los privilegios de algunos condes, la ausencia de los emperadores carolingios en la zona y las incursiones árabes hacen que aparezcan las primeras fisuras internas y que estallen revueltas en contra de la autoridad carolingia. Como consecuencia de las luchas internas, los condes que se rebelan contra la autoridad carolingia son destituidos, mientras que los que se mantienen leales son recompensados con más condados. Será de esta forma como Wifredo el Velloso, conde de Urgel-Cerdaña, reciba también el honor de los condados de Osona, Gerona y Barcelona, iniciando así el liderazgo que la casa de Barcelona ejercerá sobre Cataluña a lo largo de los siglos medievales.

La marcha hacia la independencia

Los condados unidos bajo la figura de Wifredo el Velloso forman una media luna en torno a Osona, que ha quedado despoblada. Wifredo tiene dos cometidos principales: defender la frontera con el Islam y repoblar Osona. Para llevar a cabo la labor repobladora, funda dos monasterios: el de Sant Joan de les Abadesses y el de Santa Maria de Ripoll.

El monasterio de Ripoll se articula desde sus inicios como el centro geográfico y espiritual de Cataluña, como una realidad supracondal; Wifredo lo entrega a su hijo Radulfo para que sea su abad y otorga al monasterio posesiones distribuidas por todos sus condados. Wifredo sigue luchando contra los ataques árabes y en una de estas batallas muere.

Se hace enterrar en el monasterio de Ripoll y es entonces cuando este monasterio se convierte en panteón dinástico. Siguiendo el ejemplo de Wifredo, las familias nobles de toda Cataluña dejan en sus testamentos posesiones al monasterio y algunos condes se hacen enterrar en él. De esta forma se va forjando una identidad de Ripoll ligada al nacimiento de Cataluña.

Consolidación y expansión de los condados catalanes

Una vez fallecido Wifredo, sus hijos reciben en bloque los condados paternos; así, el condado, que anteriormente había sido un cargo vitalicio que los emperadores decidían, pasa a ser hereditario. Es el nacimiento de la dinastía de la casa de Barcelona.

Con la siguiente generación, la de los nietos de Wifredo, se dividen los condados hasta que en el siglo XI los condes Bernardo Tallaferro de Besalú y Ramón Borrell de Barcelona reafirmaron sus posesiones hacia el sur. Esto provoca distintas razias musulmanas; la más importante es la de Barcelona, que es arrasada en el año 985 por Almanzor.

La casa condal de Barcelona va extendiendo sus vínculos de vasallaje con todas las familias nobiliarias hasta que se configuran como los únicos condes que no son vasallos de nadie, ni siquiera del Papa. Ramón Berenguer I, conde de Barcelona, es prácticamente rey de Cataluña; su poder sobre el resto de condados no hace sino aumentar.

El predominio de la casa de Barcelona se confirma en tiempos de Ramón Berenguer III, que absorbe Besalú y Cerdaña, extendiendo su influencia hacia Occitania y reafirmando la Cataluña Nueva. Este es el territorio que recibe Ramón Berenguer IV cuando se casa con Petronila de Aragón, de forma que se unen los condados catalanes y la Corona de Aragón. A partir de Ramón Berenguer IV, los condes de Barcelona también serán reyes de Aragón.

Fecha de actualización:  26.05.2011